QUINTA EDICION.

 QUINTA EDICION.

MARJORIE REVUE.

Esta es una de nuestras ediciones más especiales en todos los sentidos posibles, por cientos de razones, pero la principal es la temática.

Hay cierta honestidad en cada número de Marjorie, cada uno de nuestros colaboradores, cada una de nuestras escritoras nos dejan ver una parte de sí mismos, pero en esta edición llegamos a un nuevo nivel de intimidad.

 Nos pone la piel chinita poder decir que ha sido de las ediciones más intensas.

 Con todo el amor que tenemos, les compartimos nuestra quinta edición de la salud mental.




Carta de la editorial.
Por Ambar Sofía Tellez Guzmán

 Una de las batallas que parece no tener fin, y que llevo desde niña, ha sido con la enorme sensación de no sentirme suficiente.

El miedo de no “hacer” o no “ser suficiente” comenzó desde los seis – siete años. En la actualidad, hago facturas, leo el periódico y los correos a todos los blogs a los que estoy suscrita, leo artículos feministas o de teatro o de teatro feminista, veo películas de culto, voy a la universidad, trabajo como editora de esta bella revista, escribo para otros medios, me peleo con los señores del metro que no respetan el vagón rosa (que, por cierto, ¿Que tan difícil es entender que es un vagón exclusivo para mujeres? ¡En el nombre lo dice!), marcho por mis derechos , me duele la espalada , tengo sueño desde las nueve y mi dinero se va en libros y en el dentista. Soy una adulta, a medias y mal vestida, pero adulta, y a pesar de todo, después de tantos años, la sensación sigue ahí.

Alguna vez platicando mencione entre broma y broma, que yo a veces sentía que en cualquier momento alguien llegaría a quitarme mi lugar en la universidad. Que alguien con un nombre casi idéntico al mío, pero con un aspecto físico de “ser inteligente”, vendría a decirme “¡Hey! , hubo un error del sistema, tu no mereces estar aquí, ese lugar es mío” y me sacarían de la escuela. Al principio me dio mucha risa, pero después me cuestione cuanto tiempo llevaba sintiéndome así. Cuando termine la preparatoria, sentía que no me lo merecía, cuando leo los artículos que publique en el pasado, siento que es lo peor que he escrito y que no soy más que una escritora de relleno, que me publicaron porque no hubo algo mejor. Veo mis calificaciones por las cuales me parto la vida en obtenerlas y voy por la vida diciendo que soy mala estudiante, que es “suerte”.

Es como si viviera desde que tengo memoria en un constante y exigente “más”.

Con mis vínculos afectivos, más que nada con los amistosos, siento que soy muy reemplazable, que nadie me extrañaría si un día decido cumplir esa loca fantasía de escaparme a un pueblo perdido en España y ser una ermitaña. Voy por ahí creyendo que soy la persona más olvidable del mundo, corriendo lo más que puedo, para demostrarles más que a los demás, a mí misma, que soy suficiente, que valgo, que no vine al mundo en vano, que estoy hecha para esto, que no soy alguien que desperdicia aire, y todo eso, si les soy honesta, es cansado y me consume.

Vivo contantemente intentando probar algo. Trabajando de mas, haciendo más tareas, leyendo más, escribiendo más, más talleres, más conferencia, más personas, etc. Me lleno de tareas hasta que ya no pueda cumplirlas todas, y luego, me culpo por no poder con todo.

Conforme está loca idea iba creciendo conmigo -les hablo de una sensación que se fue desenvolviendo y creciendo con los años- la ansiedad, el miedo al fracaso, los bloqueos creativos, las malas decisiones, los chicos por deporte, los ataques de ansiedad, la dietas que no son nada sana y lo único que hacían eran matare de hambre, se hicieron presentes. A tal punto que he tenido desde madrugadas sin poder dormir y que termino levantándome a media noche para adelantar trabajo, como a llegar a tener días o semanas enteras, en donde la sensación de no ser suficiente me aborda a un grado que no puedo escribir ninguna palabra, que me siento inútil, y que quiero dejar de escribir para siempre e irme a fabricar queso con mis tías menonitas. Días en donde no puedo leer, porque en vez de ver una historia, un escape, veo como todos pueden escribir mejor que yo. Días en donde creo que es mejor alejarme incluso de mis mejores amigos desde hace años. Días de ansiedad y ganas de vomitar todo el tiempo. Días en donde despierto a media noche y ya no puedo dormir hasta el día siguiente. Días en donde ni siquiera la regadera puede hacer callar la voz que me persigue diciéndome que no soy suficiente, que no lo valgo.

Mi mayor crítico y mi mayor enemigo he sido yo misma desde antes de que supiera dividir.

Y por eso esta edición.

Con forme el paso de los años, aparte de desarrollar conductas autodestructivas y ser siempre un acto de auto sabotaje con dos patas que anda por ahí trasbordando en la estación Hidalgo, el pedir ayuda ha sido de las cosas más difíciles. El sentarme y admitir que no puedo controlarlo todo, que no puedo con todo, que hoy no estoy bien, es algo de lo cual he aprendido.

Hay detalles “pequeños”, en la crianza que se les olvida a los adultos decirnos, o que se nos olvida incluso a nosotros mismos, en mi caso: fue pedir ayuda. El aprender a casi a un cuarto de siglo a pedir ayuda, a admitir que este día no estamos al cien, al hablar abiertamente de nuestra salud mental o del como simplemente nos sentimos ha sido algo que aprendo todos los días, con lo que trabajo y a lo que me aferro, porque es mi bote salvavidas.

Cuando yo comienzo a pedir ayuda, cuando yo comienzo a admitir con los demás, conmigo misma más que nada, de que no soy perfecta y que eso no debería desembocar todos los males sobre mí, cuando admito quien soy y lo que llevo cargando para así comenzar a afrontarlo, mirarlo a los ojos y establecer que soy más que el sentimiento de no ser nada, comienzo a crecer.

El ignorarlo, el no hablarlo, el guardarlo en un baúl, el no escribir sobre ello, no hace que no exista.

Hoy no puedo decir que soy un ser humano que camina por ahí libre de ansiedad, miedo al fracaso y demás, ni al caso. Pero puedo ir por el mundo nombrando lo que siento y siendo consciente de lo mismo. Sé que ha días buenos y días malos, y sé que en los últimos puedo recordar que tengo gente maravillosa a mi lado que me aman, y que merezco ser amada, incluso cuando lo dudo; que hay algo bueno dentro de mí por lo que vale la pena luchar. Hoy sé que he sido muy dura conmigo misma, que todo lo que tengo es porque trabaje en ello, que voy a mi ritmo, que no hay nadie en el mundo idéntico a mí, que la ansiedad puede ser mi mayor enemiga, pero no me debería frenar. Lo más importante que he aprendido de todo esto, es que, no tengo que mover montañas para demostrar que valgo algo porque no tengo nada que demostrar… No tengo nada que demostrar.

Esto, más que ser otra edición, es un pequeño pedazo de cada unx de nuestrxs colaboradorxs y escritorxs, que guardaban en lo más remoto de su ser: sus miedos, inseguridades, y amor, mucho amor que hoy decidieron compartirlo. Porque debemos recordar que el gran amor de nuestras vidas somos nosotros y por ende hay que cuidarnos, amarnos y luchar por nosotros mismos. Hay que atrevernos a escucharnos e indagar en lo que somos, y pedir ayuda si es que lo necesitamos.

No estas solx, y eres más que suficiente.

Con amor, Marjorie.


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